Testigos confirman abuso de poder por parte de Fuerza Pública tras la muerte de dos menores en San Agustín

 

Quienes presenciaron los hechos aseguran que fue un mal procedimiento. Hubo abuso de poder y omisión de auxilio para los heridos.

 

Acotación: Los nombres aquí plasmados fueron cambiados a petición de los testigos.

 

El pasado 15 de noviembre se produjo un hecho lamentable en el que dos jóvenes de 14 y 16 años resultaron asesinados por un soldado del Ejército Nacional en zona rural de San Agustín.

 

Los hechos ocurrieron en horas de la noche en la vereda El Palmar, ubicada en el corregimiento de Obando, cuando los jóvenes identificados como Joselino Irua de 14 años y Emerson Alejandro Dussán de 16 años, se movilizaban por esta zona en una motocicleta.

 

Eran aproximadamente las 7:15 p.m., cuando varias unidades del Ejército y Policía arribaron al centro poblado El Palmar. Su misión era adelantar las labores de registro y control a establecimientos que estaban incumpliendo las medidas sanitarias y otras restricciones decretadas por la pandemia.

 

En esos momentos, muchas de las personas que se encontraban departiendo en dichos establecimientos, algunos ingiriendo bebidas alcohólicas. Salieron, como dicen, “despavoridos” ante la presencia policial.

 

Los uniformados en su labor, empezaron a exigir la respectiva documentación y requisaron a quienes lograron retener, mientras todos tomaban su rumbo.

 

Los menores Joselino Irua y Emerson Alejandro, al igual que varias de las personas que se encontraban departiendo, salieron a alta velocidad en sus motocicletas.

 

El Caserío

Esta vereda del corregimiento de Obando, a unos 20 kilómetros de San Agustín, es habitada por campesinos que en su mayoría se dedican a los cultivos de caña y café, entre otros productos agrícolas.

 

Dichos cultivos se pueden apreciar sobre la ruta que allí conduce. Las increíbles olas de caña verde y café maduro que tiñen de vida los paisajes agustinenses, en especial del corregimiento de Obando, sobresalen entre las enormes montañas.

 

Al llegar, lo primero que se observa es una escuela y una cancha techada a mano izquierda. Al frente una panadería y a lado y lado, otras viviendas que componen tan solo unas tres cuadras. No más de 400 metros de largo en lineal recta. Los hechos ocurrieron frente a la única panadería que se encuentra en el centro poblado. Ese es todo el caserío.

 

Los Hechos

Sandra, es residente en la vereda y fue quien primero auxilio a los menores baleados. Su vivienda está ubicada a unos 200 metros desde donde disparó el soldado, hasta donde cayeron heridos los menores.

 

La mujer cuenta que acababa de llegar a su vivienda cuando escuchó disparos, como si hubieran hecho una sola ráfaga.

 

En ese momento, decide asomarse desde la casa, fijando la miranda hacia donde estaban los uniformados. Ahí, observo que a pocos metros se acercaba una motocicleta. Y aunque parecía normal, su conductor se notaba inestable, como yendo de un lado a otro de la vía.

 

En ese momento ella no le presta mucha atención y regresa al interior del hogar. Sin esperase lo que ocurriría segundos más tarde.

 

Juan Diego Cruz, otro joven habitante de esta zona y testigo clave de los hechos, pues se encontraba en el lugar cuando el militar volteó a disparar. Indicó que en su caso, los militares le hicieron el pare apuntándole con fusiles e intimidándolo con acusaciones.

 

“Había tres soldados apuntándome, no había conos ni nada. Ni siquiera me hicieron el pare con la mano, sino que de una estaban era apuntando”, aseguró el joven, el cual criticó también que “me trataban de ladrón y me decían que más temprano me les había pasado un retén”.

 

A Juan Diego los militares no le dieron tiempo ni de orillar su motocicleta. Mencionó que escasamente logró bajarle la pata al vehículo, mientras dos soldados lo agarraban de los brazos para retenerlo. Él salía de una reunión familiar y se dirigía a su casa.

 

Estando allí, relata Juan Diego que los soldados le exigieron bajarse el pantalón para requisarlo, pero él se negaba y ellos en tono desafiante le seguían insistiendo.

 

En ese momento, dice que observo cuando Joselino y Emerson, quienes eran sus amigos. Cruzaron por el “puesto de control” y los uniformados se alertaron e intentaron hacer la señal de pare, pero era tarde: Los menores ya habían pasado y ni se percataron de los militares.

 

Juan Diego, estaba frente al soldado que disparó contra los menores. Afirma que los uniformados nunca hicieron la orden de pare a los jóvenes. Cuenta que solo se alertaron cuando ellos pasaron y que inmediatamente el soldado que lo tenía a él manos arriba, se volteó, “alineó el fusil y disparó”, añadió que observó como la motocicleta se desestabilizó, pero siguió andando hasta unos metros más adelante.

 

El soldado, regreso más enfurecido, exigiéndole a Juan Diego que se bajara el pantalón. Cuenta que le vio la intensión de pegarle un cachazo y por miedo permitió que prácticamente lo desnudaran en plena vía pública.

 

Agregó que los uniformados, no mostraron interés, ni se preocuparon por los jóvenes de la moto. Dice Juan Diego que quizá el soldado y sus compañeros, no pensaron que las balas impactaran los menores.

 

Habían pasado apenas unos minutos desde que Sandra volvió al interior de su vivienda, cuando empezó a escuchar junto a su familia, los gritos de auxilio de los jóvenes “Ayuda, nos pegaron, nos pegaron, el ejercito nos dio” y salieron a observar.

 

Cuenta Sandra que cuando salió al anden de su casa, lo primero que vio fue cuando la moto disminuyo la velocidad y frente a su casa el parrillero cae al suelo, haciendo volcar al conductor. Emerson, quienes iba manejando, se levanta y da unos pasos hacia donde estaba Sandra diciendo “Señora ayúdenos que nos pegaron”.

 

De entrada, doña Sandra pensó que se trataba de una broma. Sin embargo se acerco y le alzo buso. Ahí se percato de los disparos. Inmediatamente llegaron los vecinos a auxiliar los menores.

 

Les segaron la vida

 

Quienes presenciaron los hechos aseguran que los uniformados, no actuaron de manera inmediata para salvar ambas vidas.

 

Pasaron aproximadamente 15 minutos desde que Joselino y Emerson cayeron heridos a menos de 200 metros de donde estaban sus atacantes, para que estos se acercaran a atender la situación.

 

Menciona Sandra que tres soldados llegaron hasta donde los menores, preguntando “que paso, quien les disparó” como si no supieran nada de lo ocurrido. Cuenta que uno de ellos intento acercarse un poco más como con intensión de ayudar, pero uno de los otros soldados le grito por el apellido, indicándole que regresaran.

 

Mientras tanto los cuerpos de los jóvenes yacían a la orilla de la vía, sus rostros cada vez más pálidos y sus labios secos, se despedían de esta vida.

 

“Yo sentía como que él se estaba ahogando y mande a traer el alcohol, le dimos a oler y abrió un poquito los ojos, y ya, se le empezaron a llorosear un poquito los ojos, hasta que hizo un poquito de fuerza y ya. Él murió en mis manos y fue muy triste” afirmó Sandra.

 

Cuentan otro vecinos que atendieron los heridos, que a pesar de tener una patrulla disponible en el lugar. El comandante no actuó rápido para trasladar los menores. Y en cambio se notaban desinteresados como si no quisieran involucrase. Casi 4o minutos estuvieron los cuerpos de los menores sobre la vía, hasta que decidieron llevarlos en camioneta al Hospital Arsenio Repiso Vanegas de San Agustín.

 

La comunidad pide a las autoridades esclarecer lo sucedido y que paguen los responsables del doble asesinato.

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